martes, 12 de agosto de 2008

KIERKEGAARD, I

Antes de comenzar a hablar de este genial autor danés, quiero dedicar unas líneas de admiración a la titánica labor aunque insuficiente del maestro español Miguel de Unamuno, que no sólo tuvo el valor de aprender danés -un idioma difícil para un latino- sino enfrentarse a los constantes sesgos irónicos de Kierkegaard. Eso constituye un problema leerlo, porque además hay que tener en cuenta que para leer correctamente danés hay que dominar un danés perfecto, puesto que a muchos daneses se les escapa K. Por eso digo que la labor de Unamuno no es suficiente, su libro "Del sentimiento trágico de la vida" es una obra banal comparada incluso con los textos tal vez menos relevantes de S. K. No hay que olvidar que traducir a K. es siempre un buen desafío para los traductores.
Casi toda la brillante obra de este filósofo, -que lo es, pese a sus constantes negativas-, es irónica. Y ello es un obstáculo más para interpretarlo correctamente. La sociedad de su tiempo nunca le comprendió claramente. No es que se pueda decir que su postura ante el cristianismo sea irónica, ya que fue buen cristiano, pero sí fue irónico al comentar sobre la dificultad de ser cristiano en una sociedad cristiana. Ironía romántica que no tiene nada que ver con la ironía contemporánea sugerida mucho más tarde por François Lyotard. Ese decir, soy cristiano, pero no me dejan, en lugar del esperado: soy cristiano, a pesar de todo, desató las iras de muchos pastores protestantes de su tiempo. Parece que ser religioso sin ironía se acerca mucho al fanatismo.
Ironía independiente de la socrática cuando el propio Sócrates postulaba que no sabía nada, cuando era consciente de que se podía llegar a saber un poco de todo, a través del método mayestático. Ironía que desató también en sus investigaciones humanísticas al creer que el método dialéctico para explicar el proceso histórico de una cultura social se podía aplicar al autoconocimiento personal del individuo. Si hay tres estados para el autoconocimiento absoluto de un sistema también los hay para el individuo mismo, en superación constante. Pero la ironía se tropieza con el 'impasse' de la elección personal. Y ahí chocó con las tesis cristianas, que tanto defendía, ya que el sistema de Hegel era, en el fondo, un sistema cristiano. Por eso, dándose cuenta de esa paradoja, cargó esa ironía tan mal interpretada por el señor Unamuno, pues Kierkegaard nunca quiso hablar de la tragedia del existir, sino todo lo contrario, apostaba fervientemente sobre el regalo añadido que supone para la existencia el conocimiento del propio sentido de la existencia misma. Pero, ¿por qué no lo dijo tan claramente? La respuesta sería muy similar a la que se podría dar para explicar los motivos de la ruptura de su compromiso matrimonial con Regina Olsen, disfrazados de forma retorcida en su larga carta epistolar publicada en castellano con el título "Temor y temblor".
Admiraba, como se ha visto, el modelo griego de ironía mayestática, ello explicaría su uso de heterónimos y de ejemplos dispares, analizados pormenorizadamente, para exponer sus tesis. Así tenemos al don Juan de Mozart enfrentado al cínico seductor Johannes, para explicar el primer paso del sistema dialéctico individual con el estado estético. Pero en su obra la ironía socrática, tan analizada en su primer libro, chocaría constantemente con la ironía romántica tan de moda en el mundo intelectual de su época. Así nació su gran obra "Enten/Eller", nada más romper con Regina Olsen, nada más regresar de Alemania y mofarse burlonamente de la moda Hegel imperante en su tiempo.
Hay detalles que me hacen pensar que tal mofa era irónica para disfrazar su disgusto y frontal desacuerdo con el Sistema Absoluto del idealismo alemán. Pero eso se verá otro día.

Escándalo "aislado"

Hoy no voy a cuestionar cuestiones genéricas sino a comentar un suceso que me ha herido la sensibilidad no sólo como hombre sino también como ciudadano a pie. Se trata de un hecho aislado, pero que tiene su relevancia mediática, no sé si afortunadamente o por desgracia. Un hombre, si es que se le puede llamar así, estaba agrediendo a su pareja sentimental; otro hombre defendió a esa mujer, como consecuencia de este acto heroico que muy pocos se atreven a hacer, por desgracia, recibió una soberana paliza del agresor de la mujer. Ahora se halla en estado muy grave. Espero por el bien de todos que se restablezca sin secuelas. No quiero pensar qué sucederá si se muere. Si ocurre esto, deseo que caiga todo el peso de la ley sobre el cobarde insensible que se dignó marcharse a la playa a Alicante como si el tema no fuera con él, poco antes de ser detenido. También le vendría bien un buen largo curso de educación rehabilitadora a la mujer que defiende a la "bellísima persona" que es el agresor, para que comprenda con claridad los conceptos de buena o mala persona. Entendámonos, nadie puede calificar de "bellísima persona" si favorece en especial a un solo ser y agrede a otros. Por eso me escandaliza el tema. Es verdad que ciertos hombres en esta sociedad han sido educados con la idea de que los seres queridos son de su propiedad como si de objetos materiales se trataran. Pero también es verdad que ciertas mujeres han sido educadas para servir sumisamente a sus parejas, por mucho que las agredan. El hecho añadido de que ambos sean toxicómanos ilustra bastante sobre la clase de autoestima que tienen. Pero si nos encontramos con que la mujer defiende a su agresor y no agradece en ningún momento la actuación del héroe que actuó en su defensa, ¿de qué ha servido toda la campaña mediática para que la sociedad actúe contra la violencia de género? ¿de qué sirven esos anuncios en los que se insiste que sí que es asunto nuestro y de todos el tratar de erradicar la violencia de género? El argumento que tienen los agresores de decir a quienes intervienen para evitar las agresiones que no es asunto suyo es más que fútil, sí es asunto de los que quieren evitar las palizas y sí es asunto de todos. Esta sociedad no admite animales.
Personas desafortunadas como la de esta mujer contribuyen a hacer un flaco favor en defensa suya propia. O es una estúpida o carece de autoestima, no se me ocurre una tercera vía para definir su actitud. (Sobre el hombre está claro que no tento ni segunda vía para definirlo) La solución no sólo pasa por encarcelar con penas severas a los cobardes agresores, que son todo menos hombres, sino también por educar y enseñar a esas mujeres a las que se han inculcado valores equivocados como que son mercancía de quien las posee pero no las quiere. El comentario irónico de la sufriente esposa del héroe: "Esta bellísima persona ha propinado dos palizas a mi marido" da una clara idea sobre la diferencia de nivel intelectual y de educación de los actores reales de este drama real.
Espero que hechos como éste sirva de reflexión para todos, y antes que nadie, a quienes deben predicar con el ejemplo, los políticos. como la actual presidenta de la Comunidad de Madrid, la misma persona que se haya horrorizada con la actitud de la mujer del agresor, llamó "bellísima persona" a un lenguaraz como Jiménez Losantos que sólo ha demostrado talento especial para insultar a quienes no piensan como él, [para luego dejarlo sólo e indefenso ante el juez ante la correctísima demanda del actual alcalde de Madrid, injustamente insultado en su momento por ese señor que no es ni siquiera periodista ni locutor.] Me preocupa la falta de coherencia e hipocresía de esa señora, pero eso ya es otro tema.

lunes, 4 de agosto de 2008

El afán del purismo

Dedico el spot de hoy a comentar una cuestión que desde muy joven, por mis tiempos de estudiante bachiller, me producía tirria. La polémica que traen algunos que por presumir defender la esencia del idioma, no hacen más que destruirlo: los llamados, precisamente por los que no lo son, puristas. En España la oleada de puristas se halla, por desgracia, muy extendida. Incluso hay ciertos medios de comunicación que lo defienden, como por ejemplo el ABC. Lo ilustro con una anécdota que me sucedió ayer cuando paseaba con mi actual amor y su hijo menor, me encontraba en Alcorcón y me encontré con una calle llamada "Alfredo Nobel". ¿Alfredo?¿No era Alfred? Pues se trata de un famoso personaje sueco que da nombre a su famoso premio. ¿Qué es esa manía de españolizar nombres de extranjeros? A mí me ataca esto de la misma forma que me mandan mensajes con faltas clamorosas de ortografía. Umberto Eco en su conocido libro "¿Cómo se hace una tesis doctoral?" recomienda que jamás se traduzca los nombres propios de personalidades extranjeras porque es poco menos que insultar la cultura de esos países. No le falta razón al genial autor. Además esto me hace pensar que el problema no es sólo español, sino que se extiende al mundo latino. Por lo demás, jamás he visto texto anglosajón alguno que se preste llamar, por ejemplo, Balruch Pérez Galdós o Hans de la Encina o Ralph Nadal o Sören Ballesteros. ¿Cómo nos sentiríamos si leyéramos tales cosas? Ofendidos como españoles, ¿verdad?
Pero el problema va a por otros estamentos y en mayor escala. Recientemente, hubo una importante exposición de un gran artista del siglo XVI, Joachim Patenier. El Museo del Prado, sí, con esos directivos que lo conllevan, de los que dudo de la veracidad de su formación, sí, el mismísimo Museo del Prado para vergüenza y escarnio de los españoles cultos, se digna en airear con toda el arsenal de su propaganda llamándolo Patinir y no Patenier, que es como se escribe en flamenco. El ABC, cómo no, lo llamó alegremente Joaquín y no Joachim. Si voy a la Tate Gallery o al Ermitage y me encuentro con una gran exposición dedicada a John Griso a Pavel Picasso, bueno, tiro este spot a la basura y me callo.
Aún así hay casos de puristas aún más graves. Pasaron los tiempos de Unamuno y de Azorín dos insoportables puristas, cuya justificación era ante todo ideológica por lo que sus tesis pudieran ser de alguna manera excusable. Pasaron, afortunadamente. Pero hay otra clase de purismo que es fuente de conflictos en un mundo fascinante aunque poco conocido por la mayoría de nosotros. Me refiero al mundo de los sordos y su lenguaje de signos. Vivo relacionado casi a diario con este mundo, y con personas que defienden la apertura de valores y pareceres lingüísticos. Pero no hace mucho traté con gente tan purista, que si no hacías un signo perfecto, lo que se dice perfecto, tanto en la configuración como en el movimiento como en la expresión como en su papel en la estructura gramatical en la frase. Sólo un imperceptible error bastaba para que te dieran la espalda y no sólo te considerasen no apto para aprender el idioma de los sordos, sino inútil para la comunidad misma. Esta gente, de la que conozco nombres y apellidos, cuyos rostros no se me borran, merecen mi mayor desprecio no por lo que son, sino por lo que buscan llegar a ser voluntariamente: anacrónicos, mentes cuadradas, prepotentes y sobre todo, inconscientes de que no se puede rechazar a nadie porque se hable de una u otra forma. He conocido personas con tan graves taras físicas que les limitan hacer ciertas cosas que quisieran hacer, pero la tara más grave es la de hacerse a uno mismo a través de una cosa que se llama soberbia y que es el pecado capital de los capitales. Quien es soberbio y toma conciencia de ello puede prestarse a corregirse, pero ahí está precisamente el problema: ningún soberbio reconocería que lo es, por la ceguera que infunde su propia vanidad con su potente halo de luz deformador de la realidad.
La verdad es que me infunden tanta pena que va más allá de toda indulgencia por lo que no se puede hacer nada por ellos.