viernes, 10 de octubre de 2008

JUAN RULFO I


Dedico mi post de hoy a escribir una introducción sobre uno de los primeros escritores gracias a los cuales me interesé vivamente por la literatura. La experiencia de haber hojeado a mis dieciséis años por primera vez "Pedro Páramo" fue para mí inolvidable. Me encontraba aquel día de verano en la casa de mis abuelos, acababa de terminar el curso y habíamos estudiado toda la literatura española y sudamericana. Precisamente el último tema que dimos fue el estudio sobre la obra, brevísima obra de Rulfo. Mi abuela, que leía mucho, tenía en su biblioteca un ejemplar de "Pedro Páramo" encuadernado con tapas duras de color crema. Espoleado por la curiosidad, -pues mi profesora hablaba mucho en clase acerca de la personalidad de este escritor, hombre que había sufrido mucho en su vida, al ser huérfano en su infancia y llevar una vida solitaria sin más entretenimiento que los libros de la extensa biblioteca de sus tíos-, cogí el ejemplar y me lo llevé a la terraza. Mi impresión fue inolvidable. Me llamó la atención el lenguaje tan parco y lacónico del texto. "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo." Así empezaba, de esta forma tan sencilla, nada de retórica, nada de florituras, ¡poesía pura en prosa! ¡Con qué rapidez me vi trasladado al 'desierto' mexicano, con su calor insoportable, con su "olor envenenado de las saponarias", con el interminable camino hacia la boca del infierno! Leí dos o tres páginas. Páginas densas, muy densas, como todo el libro, que apenas tiene 120 páginas. Pero lo que me intrigó fue la martilleante frase de la madre del protagonista que en su lecho de muerte le encarga ir a buscar a su padre. "El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro." No había ido a Comala para reconciliarse con él, sino para vengarse. Recuerdo que después de devolver el libro a su sitio en la estantería, no paraba de pensar en esa frase tan cargada de fuerza, de resentimiento, de odio.
A mi vuelta a Madrid, compré el libro en una edición que incluía algunos cuentos, no todos, de "El llano en llamas". La lectura del libro es difícil, aunque estimulante por ese lenguaje tan claro y terso, tan lleno de poesía, difícil por su estructura, por esa confusión plástica y narrativa de los acontecimientos, confundiendo en ocasiones la frontera entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Está dividido en muchos pasajes no enumerados, y no tiene ningún orden cronológico, es como un puzzle que el lector debe recomponer, para reconstruir la historia de un pueblo muerto, de un paisaje muerto, de gente muerta que vuelve a la vida.
Juan Rulfo es un caso singular en la historia de la literatura. Sólo publicó dos obras, esta novela de la que estamos hablando y un libro de cuentos. Nada más. Se cree que no escribió nada más, incluso. Cualquier texto que por alguna causa por muy pequeña no le satisfacía era sistemáticamente destruido. Hay precedentes en la historia, es cierto, pero poquísimos, se me ocurre el singularísimo caso de Fernando de Rojas, un extraordinario escritor, con su única obra, la inolvidable "Celestina"; también pienso en Arthur Rimbaud, quien escribió la totalidad de su obra entre los catorce y dieciocho años, abandonando la poesía el resto de su breve vida; también me llama la atención el caso de Henry Roth, publicó su novela "Llámalo sueño" a los 28 años para no volver a escribir hasta sesenta años después. Durante mucho tiempo, Rulfo anunciaba que estaba escribiendo una nueva novela que tituló subrepticiamente "La cordillera". Nunca se supo si era cierto que estaba elaborándola, no se ha encontrado borrador alguno que confirme su existencia siquiera como proyecto. Yo mismo, después de leer sus cuentos y "Pedro Páramo" estuve expectante ante la aparición de la famosa novela, preguntando continuamente por ella en librerías.Para recomponer el orden cronológico de los acontecimientos de la novela, tuve que leerla dos o tres veces. Así, el comienzo trata de la llegada de Juan Preciado al pueblo, enviado por su madre recientemente fallecida con el encargo de ajustar las cuentas a Pedro Páramo, pero ayudado por la voz de su madre quien le describe el pueblo en sus mejores momentos, se encuentra con que todo lo que hay a su paso está muerto, no es un desierto natural como en la primera impresión que tuve, sino la obra de Pedro Páramo, como se vería. Se encuentra en un ambiente de fantasmas. El arriero que le acompaña en el camino, al que se le conoce con el nombre de Abundio, es el primer 'muerto' que encuentra, pero no sabe que está muerto, pues es un fantasma. Precisamente Abundio es un personaje clave en la obra, pero sólo aparece en el principio y en el final de la novela, en el principio para guiar a Juan al pueblo, en el final para matar a Pedro Páramo, .... Abundio, también hijo suyo. Hay un pasaje que describe la muerte por asfixia de Juan Preciado, pero hay que leer muy atentamente el libro para dar con él. Son los fantasmas que se encuentra quienes le cuentan lo que sucedió, y quién fue ese famoso Pedro Páramo, cuyo fantasma no aparece ni una sola vez en el periplo de Juan por el pueblo muerto. Así hay un contraste entre el pueblo vivo, avivado por las historias, sometido por la cruel tiranía del déspota cacique sin escrúpulos para robar y vejar los derechos de los demás dando fe a la definición que le dio el arriero a Juan en su llegada sobre él: "un rencor vivo".
Se cuenta la infancia de Pedro, y se ve cómo va forjando su carácter frío, implacable, falto de escrúpulos, extremadamente ambicioso, a medida que va viviendo circunstancias que le afectarían, la muerte de su padre, con su calculadora reacción preguntando a su destrozada madre: "¿Y a tí quién te mató, madre?". [Mucho tiempo después se casaría con ella para despojarla de su herencia] Más tarde, sucede la muerte de su hermano, al caerse de su caballo; muerte que alivia a los habitantes del pueblo pues es conocido por causar miles de altercados y ser autor de violaciones y robos con su pandilla de secuaces. Pedro Páramo no muestra sentimientos hacia nadie, ni siquiera a sus hijos, excepto hacia Susana San Juan, quien se muere volviéndose loca al no encontrar salida hacia su situación pues el propio Pedro mandó matar a su padre que se oponía a la unión de ambos. La muerte de Susana supone un momento de clímax en la historia, pues en el entierro las campanas repican sin parar, ello hace que los demás pueblos al oírlas creyesen que Comala estaba de fiesta. Con ello el entierro se convierte en una fiesta. Pedro ante esto se pone furioso, decide quemar los campos para matar de hambre al pueblo. Asiste a la quema cruzándose de brazos. Y ahí acaba la historia, cuando el arriero Abundio da con él y le mata. "... se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras", dice despectivamente el autor para cerrar esta increíble novela.
Es impresionante ver cómo en tan solo 120 páginas se cuentan tantos sucesos como los acaecidos en esta historia. Su intensidad trágica me recuerda a la tragedia de Shakespeare "El rey Lear", pues tal vez sea la tragedia que más se acerca a los designios cósmicos que deciden el desenlace trágico de la pieza. Sin embargo, como contraste que equilibra y depura la dureza de la novela está su lenguaje poético, como se puede ver en el pasaje de las carretas, o del trozo de diálogo entre Juan Preciado y su niñera que se llamaba Dorotea: "- ¿Dices que te llamas Doroteo? - Da lo mismo, aunque me llame Dorotea, pero da lo mismo." Asombrosa resulta la fuerza con que las imágenes, dotadas de increíble plasticidad, repercuten en la memoria de quien lee estas páginas inolvidables. Asombroso resulta cómo retrata a un hombre como Pedro Páramo que consigue todo lo que se propone, anteponiendo los fines a los medios y, sin embargo, nunca es feliz; como define a su malogrado hermano Miguel como paradigma del ser insatisfecho sexualmente; la frustrada Susana San Juan que siempre añora a su primer marido muerto; al Padre Rentería con sus constantes remordimientos; al deseo de venganza del arriero Abundio, ... todo ello sin detenerse a dar sugestiones al lector acerca de la psicología de cada personaje. Rulfo se limita a presentar tales como fueron los hechos, fragmentados en un mosaico ustorio invitándonos a juzgar la naturaleza de la historia. Cuando se publicó la novela, en el año 1955, estaba entonces de moda el tipo de cine americano de grandes acontecimientos históricos con esos gags de poses y frases grandilocuentes que también sirven para entrar profundamente en la memoria de los espectadores, gracias a directores como William Wyler, Joseph Mankiewicz, Carol Reed, ...
Esta obra es representativa de un movimiento llamado "realismo mágico" por los críticos y los historiadores. Tal movimiento que también existió en pintura y que yo mismo cultivé, culminando esta experiencia en la Galería Infantas de Madrid, tenía sus ciertas deficiencias que lo llevaron por la senda de la polémica. Se trataba de seguir ciertos planteamientos heteróclitos que llevaban a la confusión de los lectores/espectadores en cuanto podía atentar contra la verdadera naturaleza tradicional de la técnica escogida: es un movimiento demasiado plástico para la literatura, -las grandes obras del "realismo mágico": 'Cien años de soledad', 'Pedro Páramo', 'La saga/fuga de J.B.', algunos cuentos de Cortázar y de Borges, tal vez el 'Paradiso' de Lezama Lima, ... no son representables, es inviable hacer cine con ellas, por ejemplo-; mientras que el realismo mágico pictórico está demasiado contaminado por los intereses literarios. Nada más conocer esta grave deficiencia que llevaría a este movimiento a su temprana muerte, a fines de los 70, renuncié a seguir su estela, y desde entonces, me planteé toda la vida a despojar a mi pintura de toda huella innecesariamente literaria.
Próximamente, haré un análisis sobre un cuento de "El llano en llamas" que he escogido para la ocasión, el que más me gusta: "Luvina".