lunes, 4 de agosto de 2008

El afán del purismo

Dedico el spot de hoy a comentar una cuestión que desde muy joven, por mis tiempos de estudiante bachiller, me producía tirria. La polémica que traen algunos que por presumir defender la esencia del idioma, no hacen más que destruirlo: los llamados, precisamente por los que no lo son, puristas. En España la oleada de puristas se halla, por desgracia, muy extendida. Incluso hay ciertos medios de comunicación que lo defienden, como por ejemplo el ABC. Lo ilustro con una anécdota que me sucedió ayer cuando paseaba con mi actual amor y su hijo menor, me encontraba en Alcorcón y me encontré con una calle llamada "Alfredo Nobel". ¿Alfredo?¿No era Alfred? Pues se trata de un famoso personaje sueco que da nombre a su famoso premio. ¿Qué es esa manía de españolizar nombres de extranjeros? A mí me ataca esto de la misma forma que me mandan mensajes con faltas clamorosas de ortografía. Umberto Eco en su conocido libro "¿Cómo se hace una tesis doctoral?" recomienda que jamás se traduzca los nombres propios de personalidades extranjeras porque es poco menos que insultar la cultura de esos países. No le falta razón al genial autor. Además esto me hace pensar que el problema no es sólo español, sino que se extiende al mundo latino. Por lo demás, jamás he visto texto anglosajón alguno que se preste llamar, por ejemplo, Balruch Pérez Galdós o Hans de la Encina o Ralph Nadal o Sören Ballesteros. ¿Cómo nos sentiríamos si leyéramos tales cosas? Ofendidos como españoles, ¿verdad?
Pero el problema va a por otros estamentos y en mayor escala. Recientemente, hubo una importante exposición de un gran artista del siglo XVI, Joachim Patenier. El Museo del Prado, sí, con esos directivos que lo conllevan, de los que dudo de la veracidad de su formación, sí, el mismísimo Museo del Prado para vergüenza y escarnio de los españoles cultos, se digna en airear con toda el arsenal de su propaganda llamándolo Patinir y no Patenier, que es como se escribe en flamenco. El ABC, cómo no, lo llamó alegremente Joaquín y no Joachim. Si voy a la Tate Gallery o al Ermitage y me encuentro con una gran exposición dedicada a John Griso a Pavel Picasso, bueno, tiro este spot a la basura y me callo.
Aún así hay casos de puristas aún más graves. Pasaron los tiempos de Unamuno y de Azorín dos insoportables puristas, cuya justificación era ante todo ideológica por lo que sus tesis pudieran ser de alguna manera excusable. Pasaron, afortunadamente. Pero hay otra clase de purismo que es fuente de conflictos en un mundo fascinante aunque poco conocido por la mayoría de nosotros. Me refiero al mundo de los sordos y su lenguaje de signos. Vivo relacionado casi a diario con este mundo, y con personas que defienden la apertura de valores y pareceres lingüísticos. Pero no hace mucho traté con gente tan purista, que si no hacías un signo perfecto, lo que se dice perfecto, tanto en la configuración como en el movimiento como en la expresión como en su papel en la estructura gramatical en la frase. Sólo un imperceptible error bastaba para que te dieran la espalda y no sólo te considerasen no apto para aprender el idioma de los sordos, sino inútil para la comunidad misma. Esta gente, de la que conozco nombres y apellidos, cuyos rostros no se me borran, merecen mi mayor desprecio no por lo que son, sino por lo que buscan llegar a ser voluntariamente: anacrónicos, mentes cuadradas, prepotentes y sobre todo, inconscientes de que no se puede rechazar a nadie porque se hable de una u otra forma. He conocido personas con tan graves taras físicas que les limitan hacer ciertas cosas que quisieran hacer, pero la tara más grave es la de hacerse a uno mismo a través de una cosa que se llama soberbia y que es el pecado capital de los capitales. Quien es soberbio y toma conciencia de ello puede prestarse a corregirse, pero ahí está precisamente el problema: ningún soberbio reconocería que lo es, por la ceguera que infunde su propia vanidad con su potente halo de luz deformador de la realidad.
La verdad es que me infunden tanta pena que va más allá de toda indulgencia por lo que no se puede hacer nada por ellos.